Enclavada entre montañas inhóspitas, sobrevive una cultura ancestral jamás sojuzgada por ningún invasor; para llegar hasta allá hay que ascender por un estrecho sendero a lomo de bestia o a pie y de preferencia en la madrugada porque hacerlo en el día implica desafiar, además del accidentado camino, al inclemente sol de la serranía limeña.
Alrededor de las cinco de la tarde de un soleado día de junio llegamos al polvoriento distrito costeño de Imperial, a unos 200 Km. al sur de Lima; un lugar donde no hay mayor cosa que ver, así que lo único que hicimos fue esperar a que llegara el destartalado ómnibus que nos llevaría hacia nuestra primera escala: el pueblo de Catahuasi desde donde iniciaríamos un incierto recorrido con el fin de llegar al único lugar del Perú que no fue sojuzgado ni por Incas ni españoles.
El ómnibus iba más repleto que nunca, pues a pesar de viajar sentados sentíamos la presión de una apretujada masa de bultos y pasajeros que se bamboleaba a causa de lo accidentado de la trocha, mientras que nosotros no veíamos la hora de llegar a Catahuasi, y debo confesar que nuestra prisa por llegar obedecía más al miedo de caernos a un precipicio que a la curiosidad de conocer el último bastión de la cultura jakaru.
El jakaru es la lengua de este pueblo descendiente de la cultura Yawyu que apareció hace más de cinco mil años y cuya influencia abarcaba gran parte de la sierra del actual departamento de Lima.
Hoy en día, los jakaru-hablantes, no superan las ochocientas personas y están concentrados en cuatro pueblos relativamente cercanos el uno del otro: Tupe, que es el distrito principal y sus anexos Aiza, Colca y Cachuy.
Después de dos horas y media de camino, alrededor de las nueve de la noche llegamos al pueblo de Catahuasi, un simpático lugar situado a casi 1.200 metros sobre el nivel del mar y que además, es el sitio más cálido de la provincia de Yauyos; aunque relativamente, pues al llegar, la temperatura bordeaba los doce grados centígrados.
Teníamos que esperar a que algún grupo de campesinos decidiera subir al pueblo de Ayza, pues ya nos habían advertido que si tratábamos de hacerlo por nuestra cuenta nos caeríamos a cualquiera de los precipicios del lugar, o en el mejor de los casos, nos perderíamos.
Ningún campesino quería guiarnos y con mucha razón, pues nuestro desconocimiento del camino atrasaría su marcha y no llegarían a tiempo con su mercancía a los pueblos de Ayza o Tupe, pero felizmente, a eso de las tres de la madrugada uno de los dirigentes comunales, Jacinto, bastante bebido, se ofreció como guía para subir al poblado de Ayza .
Al principio, dudamos un poco, pero no quedaba otra alternativa, así que decidimos ascender a ese lugar confiando en la experiencia de nuestro amigo, en la débil luz de una linterna que por ahí nos prestaron y sobre todo en el poder de la Providencia.
Al comenzar nuestro camino, no hubo mayores dificultades; una que otra piedra nos hacía perder ligeramente el equilibrio pero fuera de ello, todo marchaba sobre ruedas o mejor dicho, sobre piedras.
Lentamente, comenzábamos a experimentar el ascenso, la pendiente se iba haciendo cada vez más pronunciada y a la dificultad de las piedras y la altura se agregó el ripio (piedrecillas diminutas) que hacía que el camino se torne más resbaloso y con la escasa visibilidad de la noche, las posibilidades de caerse aumentaran notoriamente.
Nuestro guía avanzaba con una seguridad sorprendente mientras mi amigo Ricardo, (responsable de las fotos) iba en medio y quien estas líneas escribe trataba de seguir con la débil luz de la linterna la trayectoria de mis dos amigos.
El problema era que cada cierto trecho, Jacinto reparaba en que se había equivocado de ruta y eso alargó el ascenso más allá de lo previsto, pues la idea era llegar al poblado de Ayza alrededor de las seis de la mañana y bueno, demoramos un poquito más, estuvimos allí a las diez de la mañana.
Si bien, el camino era accidentado, el limpio aire que respirábamos y la espléndida visión de las estrellas, quietas y fugaces significaban una justa recompensa al esfuerzo desplegado.
En el camino nos encontramos con unos turistas europeos que estaban de regreso, encantados con la experiencia y con pobladores de Tupe y de Ayza que bajaban rápidamente con sus cabras o sus burros cargados de mercancías muy por encima de su capacidad; ellos hacen el camino de subida en tres horas y el de bajada en dos y media.
Al llegar, la sed, el hambre y el cansancio se habían apoderado de nosotros, así que la primera idea era conseguir un sitio para desayunar y reponer las energías perdidas durante la travesía.
La altura a su vez, nos impactó pues estábamos a más de 2,800 metros sobre el nivel del mar.
De inmediato experimentamos la hospitalidad de esta gente que sin mayor trámite nos brindó alojamiento y compartió su comida con nosotros; maíz con queso, francamente deliciosos.
Ayza es un pueblo de gente amable, honrada y muy hospitalaria; pero a diferencia de casi todos los habitantes de la sierra peruana, que se caracterizan por su humildad extrema en el trato con los foráneos, estas personas, sin llegar a la pedantería son muy altivas y orgullosas de su cultura.
La comunidad jakaru es, según diversos investigadores, descendiente de los antiguos habitantes Aymaras que ocuparon los territorios que hoy corresponden al Altiplano peruano y boliviano y parte de la sierra norte de Chile.
Durante la expansión imperial de la cultura Wari en el Ande Preincaico, la lengua general fue el Proto Jaqi (humano antiguo), madre del Aymará, del jakaru y su variante el Kauki, entre otras lenguas ya muertas.
Jakaru proviene de dos palabras: Jaki, que significa humano y aru, lengua a hablar; es decir, “Lengua Humana” o “Hablar del Hombre”.
Hoy en día, el Ministerio de Educación del Perú ha implantado la educación bilingüe en Tupe y sus anexos a fin de que no se pierda esta lengua ancestral.
Debido a la accidentada geografía del lugar les fue imposible a los Incas y más tarde a los españoles conquistar a este aguerrido pueblo, de manera que en ambos intentos de conquista solo pudieron tener una presencia esporádica.
Indicios de estos vanos intentos expansionistas se aprecian en los rasgos faciales de algunos habitantes de la zona con piel muy blanca y ojos azules o verdes, como producto de la entrada furtiva de los ejércitos españoles y los consecuentes abusos con las mujeres del lugar.
Según los habitantes de la zona, hasta 1925 vivieron en las montañas algunos descendientes de los quechuas (cultura Inca) llamados “gentiles” cuyos restos son unas casitas de piedra que hoy están destruidas por el paso del tiempo.
Agregan que los “gentiles” por ser descendientes de los Incas sentíanse enemigos de la comunidad jakaru y por ello bajaban de las montañas durante la madrugada y les robaban parte del maíz o de las papas que sembraban.
Incluso, hasta 1970 se veía, afirman, a una pareja de ancianos que tenían su parcela donde sembraban maíz junto a las tierras de los habitantes de Ayza, pero vivían en lo alto de una montaña y procuraban no intercambiar palabra alguna con el resto de la comunidad.
La vestimenta de las mujeres es el principal rasgo visual que distingue a esta comunidad del resto de los habitantes andinos; todas usan vestidos hechos con tela escocesa y llevan en la cabeza un tocado confeccionado con la misma tela.
La razón de tal costumbre es que a esta comunidad le agrada el rojo por simbolizar la fuerza y el coraje de esta gente que no se dejó doblegar por ningún invasor.
El vestido original sin embargo, era muy distinto aclara Gladys Sanabria, profesora encargada del programa de educación bilingüe: Se llama el Anako, vestido negro muy elegante y difícil de confeccionar, pues hay que hilar con lana de Alpaca.
Hoy muchas mujeres del lugar no saben hilar y además la fibra de Alpaca está lejos del alcance de esta gente que solo desarrolla una agricultura de subsistencia y es por eso que actualmente el Anako solo se usa en ocasiones muy especiales.
Ayza es un pueblo que cuenta con una agricultura de subsistencia basada en el cultivo del maíz y de la papa y tiene una escuela con 50 niños que ha sido construida por los mismos lugareños, tiene dos profesores y además del empuje y la generosidad de su gente, lo que más abunda en este pueblo son las carencias.
Los pobladores de Ayza y Tupe están a punto de ver muy pronto realizado el sueño de tener una carretera afirmada que les permitirá comunicarse con los pueblos de la costa de una forma más eficiente y no como ahora en que el camino es demasiado penoso y dificulta cualquier alternativa seria de desarrollo.
¿Qué traerá consigo dicha carretera?
Al observar a este pueblo que no se rindió ante ningún invasor del pasado o del presente, sobrevivir en condiciones tan difíciles, sin perder la conciencia del gran valor de su cultura, pienso que tal vez, y ojalá me equivoque, la tan anhelada carretera consiga en poco tiempo lo que centenares de años invasiones y olvidos gubernamentales no lograron.

TEXTOS: RICARDO CAMPOS ACUÑA
FOTOS: RICARDO LACUTTA
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